Proceso

Día 2: algo de luz

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Cansada ya de no saber que podía estar pasando y necesitando que alguien nos dijera si había algún problema o no, en el verano del 2013 decidí volver al medico y pedirle que nos hicieran pruebas de algún tipo. Resulta que me tope con la doctora maja que flipó cuando le dije que en casi dos años no me habían mandado ninguna prueba, y de allí nos derivó al hospital de nuestra ciudad para hacernos de todo lo que hiciera falta.
Al ver que lo del método tradicional no parecía funcionar, decidimos contárselo a las familias y en nuestros trabajos, ya que íbamos a tener que faltar varios días y no sabíamos cuantos.

Después de unas cuantas pruebas, entre ellas sacarnos sangre, hacerme una histerosalpingografia (si, suena a palabrota y es difícil de pronunciar, y si os digo la verdad, no es nada agradable, aunque hay cosas peores) y vacunarme de la rubéola (lo cual no sirvió para nada por que sigo siendo positiva y os aseguro que es un rollo ponérsela), vimos donde estaba en quiz: los espermatozoides de mi chico no estaban por la labor de trabajar y había que ayudarles para que hicieran algo. Entonces decidieron mandarnos directamente a FIV ( fecundación in vitro). ¡Si! Ya sabíamos por donde seguir, ya no era un camino sin final y que no sabíamos donde nos iba a llevar. Lo malo de esto fue que el hospital al que nos derivaban para hacerlo estaba en Alcalá de Henares…. ¡Puf! Cuarenta y cinco minutos para llegar, ¡horrible!. Y nos dijeron que había una lista de espera de unos seis meses. Cierto es que esto puede parecer mucho tiempo por la situación en la que estábamos y con el tiempo que ya llevábamos esperando, pero para nosotros resultó ser un alivio porque, según habíamos oído en otros sitios y nos habían dicho amigos, la espera podría ser de ¡hasta dos años!

A la familia, amigos y demás allegados les dijimos que seguramente para finales del año siguiente (2015) nos quedaríamos embarazados, esos fueron los cálculos que hicimos con los datos que nos habían dicho. Y cual fue nuestra sorpresa cuando resultó que la lista de espera no era tan larga, no tuvimos que esperar ni siquiera dos meses. En diciembre del 2014 nos citaron. Pensamos en no decir nada a nuestras familias, y cuando ya tuviéramos la certeza de estar embarazados decírselo, ya que nos parecía tan frío, tan calculado y tan raro, que queríamos que por lo menos no supieran el día y se sorprendieran. ¡Que difícil es ocultar todo esto!

Fuimos a la primera consulta en la que me hicieron una ecografía y la doctora le dijo a la enfermera ‘ocho el derecho, cuatro el izquierdo, no está mal’. Ni idea de lo que me estaban contando, primero pensé que serían óvulos pero no podía ser, en todo caso ovocitos…. No lo sé, no pregunté y me quedé con la duda… Nos dieron un montón de citas y de instrucciones y nos fuimos a casa a estudiarnos que teníamos que hacer.
Nos volvieron a hacer mil y una pruebas, la mayoría iguales que en el otro hospital. La única diferencia es una que me hicieron a mi para ver que tal ovulaba (por lo que me tuvieron que sacar varias veces sangre, cosa que no me gusta mucho pero todo fuera por la causa, y tomarme unas pastillas) y al parecer no era muy regular en ese sentido, aunque dijeron, que como era programado no supondría mucho problema. Obviamente volvieron a deducir lo mismo que en el otro hospital. El 30 de enero del 2015 nos citaron para empezar. ¡Por fin, por fin! El camino parecía que seguía teniendo final, aunque estaba siendo muy largo y tortuoso. Peeero, ya sabéis, el optimismo nunca me abandona y en las situaciones difíciles no iba a ser menos.